Todo comenzó como un pequeño fuego.
Casi amigable, delicado a punto que una brisa fuerte lo podría apagar, deliciosamente hipnótico como todos los fuegos, convocando alrededor de las brasas y las llamas.
Imperceptiblemente, comenzó a avivarse, y tomó los pastos cercanos, lamió los troncos secos, las briznas de hierba, la fragante turba, las hojas caídas, los alrededores.
Luego siguió con las prendas sueltas, los muebles cercanos y caídos en esta huída del cálido pavor, las vigas de la casa mientras el humo pugna por salir desde las ventanas, a través de cada hueco posible o creado por la voracidad del fuego.
Y de repente una explosión, un espasmo en el aire, una violenta pulsión por abarcar todos los espacios, todos, aturdiendo y atravezando la cercanía, mientras el humo negro y espeso quemó el caucho, la goma, el plástico, la basura, y el olor dulcemente repugnante y vomitivo de la carne quemada imprime su impronta en nuestro olfato.
Y nadie pudo detenerlo. Se quemaron tus intenciones, los futuros posibles, las alternativas, las ganas y las pasiones (ésas se quemaron temprano), las mías y las otras, todos y todas, ya sin vuelta, se quemaron.
Y no quedaron ni lágrimas para lamentar (el calor las llevó también), nada queda ni quedará sobre la tierra yerma, sobre este paraíso perdido de cenizas y rescoldos.
Así fue el incendio más grande del mundo, que comenzó mi amor por vos.
martes, 10 de junio de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario