Ya sé que lo mío es una voz que grita en el desierto.
Ya sé que mi reclamo es estéril, y no abriga esperanzas en su razón.
Pero no puedo dejar de decirlo. NO puedo.
Nos empaquetan (y empaquetamos solos, no vamos a negarlo ahora) y compramos vanos espejitos de colores, ilusiones y alegrías efímeras, sin sustento, sólo por el placer de pensarnos mejores, de suponernos más felices, de creer al alcance de la mano un futuro más interesante, no un folletín de barrio, y que ese porvenir se encuentra dentro de la última cerveza / máquina de afeitar / automóvil / crema, etc.
Cuando te digo ésto, en la radio dicen que una chica de apenas 13 años se descerrajó un tiro en el pecho porque no se sentía felíz, porque estaba cansada, porque no quería que la jodieran más.
¿Cómo podemos pensar siquiera en sueños reales, en ilusiones tangibles, cuando quienes tienen todo para creer, no pueden (no los deja la realidad) hacerlo?
¿Cómo suponer que algo de éso que aspiramos (y no hablo de la mierda que obnubila) emana de una base cierta, de un presente estimado, y no de la fábrica de figuritas estiradas para el consumo?
No son los medios, no, ése el planteo sencillo, los que tienen la culpa.
La culpa la tenemos nosotros (cada cual en lo suyo), al dar vuelta la cara al pibe que nos pide, cuando vemos al viejo que nos necesita, cuando nos escapamos de nuestra casa que nos ahoga, de la familia que agobia, de las preguntas que no tenemos ganas de responder.
¿Hace falta más para despertarnos a la vida real? Y no representa vivir la tristeza del presente, sino agradecer la lucecita tenue en tanta oscuridad que nos dá el futuro.
Que nos dejen soñar, que nos animemos a soñar, que no nos corten las alas (o las piernas, o las manos), y que no nos empaqueten la esperanza en cómodas cuotas.
jueves, 24 de julio de 2008
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